“Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra”.

Isaías 2:4

«LIMONADA» POR RAYMOND CARVER, EN A NEW PATH TO THE WATERFALL (1989)

Cuando vino a mi casa meses atrás a medir

las paredes para las estanterías de los libros,

Jim Sears no parecía un hombre que hubiera perdido

a su único hijo en las aguas profundas

del río Elwha. Tenía mucho pelo, parecía tranquilo, 5

restallaba los nudillos, vivía con energía, cuando

discutíamos sobre tablas y sujeciones, y este tono de roble

comparado con aquél. Pero ésta es una ciudad pequeña,

un mundo pequeño. Seis meses después, terminada

la estantería, montada e instalada, el padre 10

de Jim, un tal señor Howard Sears, el cual “colabora con su hijo”,

viene a pintar nuestra casa. Me dice ―cuando le pregunto, más

por cortesía de ciudad pequeña que por otra cosa: “¿Cómo está

Jim?”―, que su hijo perdió a Jim hijo en el río

la primavera pasada. Jim se culpa a sí mismo. “No se lo puede 15

quuitar de la cabeza”, añade el señor Sears. “Creo que también

se está volviendo un poco loco”, añade, poniéndose

su gorra de Sherwin-Williams.

Jim tuvo que ver cómo el helicóptero

sacaba del río con una especie de tenazas 20

el cuerpo de su hijo. “Usaron algo como tenazas de cocina 

para eso, imagínese. Sujetas a un cable. Pero Dios siempre

se lleva a los mejores, ¿no cree usted?”, dice el señor Sears. “Sus

designios son misteriosos”. “¿Qué piensa usted de esto?”,

quiero saber. “No quiero pensar en eso”, dice él. “Nosotros 25

no somos quiénes para ocuparnos de Sus designios. No somos

quiénes para saber esas cosas. Lo único que sé es que se 

llevó con Él al pequeño.”

Sigue contándome que la mujer de Jim padre le llevó a trece

países europeos con la esperanza de que lo olvidase. Pero 30

no lo consiguió. No pudo. “Una misión sin cumplir”, dice Howard.

Jim cogió la enfermedad de Parkinson. ¿Qué más?

Ya ha vuelto de Europa, pero aún se echa la culpa

porque aquella mañana mandó a su hijo al coche a buscar

aquellos termos con limonada. ¡Y aquél día no necesitaron 35

la limonada! Señor, señor, lo que él pensaba de Jim

lo había contado cien ―no, mil― veces desde entonces, y a todo

el que quisiera escuchar. ¡Si aquella mañana no hubieran hecho

la limonada! ¿En qué estarían pensando?

Además, si no hubieran ido a la compra la tarde anterior al 40

Safeway, y si aquella bolsa de limones hubiera seguido donde

estaba, con las naranjas, manzanas, uvas y plátanos.

Porque eso era lo que de verdad quería comprar Jim, unas naranjas

y unas manzanas, no limones para hacer limonada, pues aborrecía

los limones ―al menos, ahora los aborrecía―, pero a su hijo Jim 45

le gustaba la limonada, siempre le gustó. Quería limonada.


“Veamos las cosas desde este punto de vista”, decía Jim padre.

“Aquellos limones tenían que venir de algún sitio, ¿o no?

Probablemente del Imperial Valley, o de otro sitio cerca de

Sacramento. Cultivan linones allí, ¿no?” Los habían plantado y 50

regado y cuidado y luego metido en cajas y mandado por tren

o en camión a este situi olvidado de Dios donde uno no puede

evitar quedarse sin sus hijos. Esas cajas las descargaron del

camión chicos no mucho mayores que el propio hijo de Jim.

Luego tuviern que desembalarlas esos mismos chicos y los lavó 55

otro chico que seguía vivo, andando por la ciudad, vivo y

respirando. Luego los llevaron a la tienda y los pusieron en

aquel cajón bajo aquel llamativo cartel que decía: ¿Ha tomado

usted limonada últimamente? Y Jim retrocedía a las primeras 

causas, al primer limón que se cultivó en la tierra. ¡Si nunca 60

hubiera habido limones, no habrían estado en la frutería del 

Safeway! Bueno, entonces Jim todavía tendría a su hijo, ¿o no?

Y Howard Sears todavía tendría a su nieto, claro que sí.

¿Entiende? Había mucha gente que participó en esta tragedia.

Estaban los granjeros y los que los recogieron, 65

los camioneros, la frutería del Safeway... también Jim padre,

que estaba dispuesto a asumir su cuota de responsabilidad,

naturalmente. Era el que se sentía más culpable de todos.

Y seguía cayendo en picado ―me dijo Howard Sears―.

Con todo, tendría que superarlo y seguir. 70

Con el corazón roto, cierto. Pero incluso así.

No hace mucho la mujer de Jim consiguió que éste aprendiese

a tallar la madera en una academia de la ciudad. Ahora intenta

tallar osos y focas, búhos, águilas, gaviotas, de todo, pero

no puede estar demasiado con cada criatura y terminar su trabajo, 75

es la opinión del señor Sears. El problema es ―sigue Howard

Sears―, que cada vez que Jim mira su torno o su navaja de

tallar, ve a su hijo surgiendo del agua del río

cuando lo sacan ―lo pescan con carrete se podría decir― y

se pone a dar vueltas y vueltas hasta que está arriba 80

por encima de los abetos, con unas tenazas agarrándole por

la espalda, y luego el helicóptero da la vuelta y sigue

río arriba acompañado por el rugido del zap-zap de sus 

aspas. Jim hijo adelantó a los que le buscaban en la orilla

del río. Tiene los brazos estirados a los lados y despide 85

agua. Pasa por encima una vez más, ahora más cerca, y vuelve

un minuto después para que lo depositen, siempre con suavidad,

directamente a los pies de su padre. Un hombre a quien,

habiéndolo visto todo ―su hijo muerto sacado del río

con unas tenazas metálicas y dando vueltas por encima 90

de la línea de árboles― sólo le apetece morir. Pero

la muerte es para los mejores. Y recuerda cuando la vida era

dulce y ya no puede encarar dulcemente lo que le queda de vida.

«NOCTURNO EN QUE NADA SE OYE» POR XAVIER VILLAURRUTIA, EN NOCTURNOS (1933)


En medio de un silencio desierto como la calle antes 

   del crimen

sin respirar siquiera para que nada turbe mi  muerte

en esta soledad sin paredes

al tiempo que huyeron los ángulos

en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre

para salir en un momento tan lento

en un interminable descenso

sin brazos que tender

sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano

    invisible

sin más que una mirada y una voz

que no recuerdan haber salido de ojos y labios

¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?

y mi voz ya no es mía

dentro del agua que no moja

dentro del aire de vidrio

dentro del fuego lívido que corta como el grito

Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro

cae mi voz

y mi voz que madura

y mi voz quemadura

y mi bosque madura

y mi voz quema dura

como el hielo de vidrio

como el grito de hielo

aquí en el caracol de la oreja

el latido de un mar en el que no sé nada

en el que no se nada

porque he dejado pies y brazos en la orilla

siento caer fuera de mí la red de mis nervios

mas huye todo como el pez que se da cuenta

hasta ciento en el pulso de mis sienes

muda telegrafía a la que nadie responde

porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.