“Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra”.

Isaías 2:4

«MATAR AL TIRANO», POR OSVALDO BAYER. EN PÁGINA/12, ENERO DE 1993


Hace justo setenta años. Una mañana idéntica a las de este pleno verano de fines de enero. Los porteños del barrio de Palermo no necesitaron despertador: a las 7.15 oyeron atónitos el estallido de una bomba y segundos después, con ritmo matemático, seis balazos consecutivos. A partir de ahi, ese silencio enterminable del miedo ante lo inesperado. Y sí, luego, el estallido incontenibble del terror de todos: gritos, corridas, nerviosos campanilleos de tranvías, bocinazos. Ese día Crítica vendió 800000 ejemplares y la "quinta" se voceó ya al mediodía. Los titulares informaban acerca de lo ocurrido en la calle Fitz Roy casi Santa Fe.
Un escenario propio de tragedia griega. Porque allí había ocurrido algo más que la muerte del teniente coronel Varela a manos del anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens. ¿Acaso ese obrero, ese lavador de coches, había ejercido el derecho del ciudadano de matar al tirano? ¿O era apenas un atentado más de los anarquistas contra un representante del Estado? O el otros aspecto: ¿Había pagado el militar Varela la culpa de los políticos? ¿O había muerto en su ley por aquello de quien a hierro mata hierro muere? En la calle Fitz Roy habían quedado frente a frente dos mentalidades, dos pensamientos, dos posiciones éticas frete a la vida y a la muerte. Varela, uniformado con rigurosidad, mostrando sus oropeles castrenses para diferenciarse del común, bien parador en su corta estatura con actitud de gallo de riña, con su espada al cinto, símbolo de autoridad y represión. Frente a él, el obrero pacifista haciendo uso de las armas que debían ejemplificar el derecho del ciudadano de matar al tirano cuando la sociedad no ha hecho justicia. Sí, el antiguo derecho griego y romano, legislado tambien por el famoso Avicena, filósofo y médico persa del siglo X, que tanta influencia tuvo en la escolástica cristiana. Aquel que estableció no sólo el derecho sino también el deber del ciudadano de salvar a la grey de una naturaleza tiránica. Y por el filósofo y teólogo inglés John de Salisbury, en su Policraticus, cuando propone la "aequitas" como ley ontológica, donde cada "officium" debe cumplir sólo su tarea y no sobrepasar de ella: el que tiene poder sólo debe ser un servidor del bienestar público y esclavo de la equidad. 
Cada uno puede ser un tirano en su misión, que destruya o interprete las leyes a su manera. Por eso –sostenía el filósofo– es equitativo y justo ("aequum et iustum") recomponer el equilibrio perdido. "Matar al tirano –agregaba– no sólo está permitido sino que además es equitativo y justo". Eso sí, la muerte del tirano debía ser ejecutada sólo como "última razón". Y el teólogo franciscano Wilhelm von Ockham, cien años después, en su Derecho a la resistencia apelaba al derecho natural y establecía que oponerse al abuso de poder y la resistencia de los tiranos corresponde a un principio irrenunciable de la persona humana.
El teniente coronel Varela, en la Patagonia, había ordenado el fusilamiento de centenares de obreros rurales que habían proclamado la huelga general por mejores condiciones de trabajo. Tales fusilamientos se hicieron sin siquiera los juicios sumarios previos que establece el código militar. Todo esto durante el gobierno constitucional de Yrigoyen. Los radicales han callado hasta ahora si –en 1921– existieron o no órdenes tan drásticas por parte del gobierno. Los militares defenderán a Varela diciendo que Yrigoyen le dio órdenes verbales. En sí, fracasó la democracia. Durante varios meses la opinión pública esperó pacientemente que se esclareciera la matanza de las peonadas. ero todo se acabó cuando la bancada radical, en el Congreso, votó –con la fuerza de la mayoría de los votos– contra la comisión investigadora. 

El hecho típico de negar, de tapar la memoria.

Wilkens, el anarquista alemán, esperó pacientemente justicia. Cuando comprobó que todas las denuncias no habían servido de nada, decidió ejercer su derecho de matar al tirano. Lo habia insinuado ya en reuniones obreras de la FORA: "Si sigue viviendo, ese militar va a volver a cometer otra vez los mismos crímenes". Y resuelve hacer el atentado. 

Solo y dando la cara.

En la prisión, poco antes de ser asesinado, Wilkens en una carta pública explicará por qué se decidió a ejercer ese drecho de matar al tirano. "No fue venganza –afirma–, yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. Porque la venganza es indigna de un anarquista. El mañana, nuesto mañana, no afirma rencillas ni crímenes ni mentiras; afirma vida, amor, ciencia; trabajemos para apresurar ese día". ¿Quién era este hombre que podía escribir así? He ido a las fuentes. Fui a su pequeña ciudad natal. Ahí pude dar con el último sobrino de él. Los Wilkens fueron siempre de la alta clase media. Todavía está la casa natal. Kurt Gustav hizo su servicio militar en la guarda escogida del Káiser. Conoció el militarismo prusiano en su mismo riñón. Luego de terminar sus estudios de botánica inició lo habitual en aquellos años para los estudiantes alemanes: la "Wanderung", el viaje por el mundo, durante un año. Fue a recorrer Estados Unidos y allí se unió a grupos de suecos, daneses y alemanes que llevaban una vida de bohemia y contacto con la naturaleza. Fue allí donde aprendió las teorías de Tolstoi, que predicaba el evangelio del amor y de la paz, el regreso al cristianismo de los primeros tiempos. Su vida cambiará. Se negará a ir a la Primera Guerra Mundial y despyés de terminada ésta regresará a Alemania, donde renunciará a toda su fortuna, en beneficio de sus hermanos. Sueña con ir a la Patagonia y fundar allí la nueva sociedad antiautoritaria, en el amor mutuo y el equilibrio de la naturaleza.
Pero encontrará la antítesis: un latifundismo medieval y la forma más descarnada de la explotación del hombre por el hombre. De regreso, en Buenos Aires, se enterará de la masacre. Resolverá entonces hacer uso del imperativo de matar al tirano. Seis meses después de su acto, será asesinado en la cárcel, mientras dormía, por un miembro de la Liga Patriótica. Tal vez, la mejor síntesis que hizo la historia de aquellos dos hombres que se enfrentaron hace setenta años en Fitz Roy y Santa Fe es –para Wilkens– ese titular de La Pampa Libre: "Gringo gaucho, hermano Wilkens, reciba el abrazo de los gauchos de La Pampa que lo consideramos un ejemplo de la justicia del pueblo pobre". Y, para Varela, esta lápoda puesta en su tumba: "Los británicos residentes en Santa Cruz a la memoria del teniente coronel Varela, ejemplo de honor y disciplina en el cumplimiento de su deber".  

Desde Berlín, Alemania.