«Cada tanto a López le toca volver a trabajar porque ha descubierto que el dinero tiene una desagradable propensión a irse encogiendo, y que de golpe un grande y hermoso billete de cien francos sale del bolsillo reducido a uno de cincuenta y cuando menos se piensa éste se achica a uno de diez, tras de lo cual ocurre una cosa horrible y es que el bolsillo pesa mucho más y hasta se oye un tintineo simpático, pero esas agradables manifestaciones proceden tan sólo de unas pocas monedas de un franco y ahí te quiero ver. De manera que este pobre sujeto prorrumpe en cavernosos suspiros y firma un contrato de un mes con cualquiera de las empresas para las que ya tantas veces ha trabajado temporariamente, y el lunes 5 del 7 del 66 vuelve a entrar exactamente a las 9 a.m. en la sección 18, piso 4, escalera 2, y paf se topa con el monstruo amable. Desde luego no es fácil aceptar la realidad del monstruo amable puesto que en primer lugar no hay allí ningún monstruo, qué va a haber un monstruo allí donde el jefe y los compañeros de oficina lo reciben con abrazos y cada uno le cuenta las novedades y le ofrece cigarrillos. La presencia del monstruo es otra cosa, algo que se impone como en diagonal o desde el reverso de lo que va sucediendo ese día y los siguientes, y él tiene que admitirlo aunque nadie lo haya visto nunca porque precisamente ese monstruo es un monstruo en cuanto no es, en cuanto está ahí como una nada viva, una especie de vacío que abarca y posee y escuchá lo que me pasó anoche, López, resulta que mi señora. Es así como casi en seguida se sabe del monstruo porque es increíble, pibe, prometieron un reajuste para febrero y ahora vas a ver lo que pasa, resulta que el Ministerio. Si hubiera que demarcarlo, irle echando un talco de palabras para discernir su forma y sus límites, a lo mejor entrarían cosas como la pipa de Suárez, la tos que cada tantos minutos sale del despacho de la señora Schmidt, el perfume alimonado de Miss Roberts, los chistes de Toguini (¿te conté el del japonés?), esa manera de subrayar las frases con golpecitos de lápiz sobre la mesa que da a la prosa del doctor Uriarte una calidad de sopa batida con metrónomo. Y también la luz despojada de árboles y nubes que arrastra un plumaje mutilado por los cristales y las medialunas a las diez cuarenta, el ceniciento fluir de las carpetas de expedientes. Nada de eso es realmente el monstruo, o sí pero como una manifestación insignificante de su presencia, como las huellas de sus patas o sus excrementos o un bramido lejano. Y sin embargo el monstruo vive de la pipa o la tos o los golpecitos de lápiz, de cosas así se componen su sangre y su carácter, sobre todo su carácter porque López ha terminado por darse cuenta de que el monstruo es diferente de otros monstruos que también conoce, todo depende de cómo cuaja el monstruo, de qué toses o ventanas o cigarros circulan por sus venas. Si alguna vez supuso que el monstruo era siempre el mismo, algo ubicuo y fatal, le bastó trabajar en diferentes empresas para descubrir que había más de uno, aunque en cierto modo todos fueran siempre el monstruo en la medida en que el monstruo sólo se dejaba reconocer por él mientras sus colegas de oficina parecían no advertir su presencia. López ha llegado a darse cuenta de que el monstruo de la Place Azincourt, el de Villa Calvin y el de Vindobona Street difieren en oscuras cualidades e intenciones y tabacos. Sabe por ejemplo que el de la Plaze Azincourt es gárrulo y buen muchacho, un monstruo amable si se quiere, un monstruito siempre revolcándose un poco y dispuesto a la travesura y al olvido, un monstruo como ya no se usan casi, mientras el de Vindobona Street es agrio y seco, parece a disgusto consigo mismo y respira rastacuerismo y gadgets, es un monstruo resentido y desdichado. Y ahora una vez más López ha entrado en una de las empresas que lo contratan, y sentado ante un escritorio cubierto de papeles ha sentido poco a poco, entornando los ojos mientras fuma y escucha las anécdotas de sus colegas, la lenta inexorable indescriptible coagulación del monstruo que esperaba su regreso para verdaderamente ser, para despertar e hincharse con todas sus escamas y sus pipas y sus toses. Por un rato todavía le parece irrisorio que el monstruo lo haya estado esperando a él que es el único que lo detesta y lo teme, que lo haya estado esperando precisamente a él y no a cualquiera de esos colegas que no saben de su existencia y aunque la supieran se quedarían tan tranquilos, pero también podría suceder que sea por eso que el monstruo no existe cuando sólo están ellos y falta López. Todo le parece tan absurdo que quisiera estar lejos y no tener que trabajar, pero es inútil porque su ausencia no matará al monstruo que seguirá esperando en el humo de la pipa, en el ruido del carrito del café de las diez y cuarenta, en el cuento del japonés. El monstruo es paciente y amable, jamás dirá nada cuando se va López y lo deja ciego, simplemente seguirá allí esperando en su tiniebla con una enorme disponibilidad pacífica y soñolienta. La mañana en que López se instale en el escritorio, rodeado de sus colegas que lo saludan y lo palmean, el monstruo se alegrará de despertar una vez más, se alegrará con una horrible inocente alegría de que sus ojos sean una vez más los ojos con que López lo mira y lo odia.» —
«TERRORISMO CONTRA LOS HOMOSEXUALES», POR STIEG LARSSON, EN «LA VOZ Y LA FURIA» (1997)
«En lo que va de década, el movimiento neonazi ha asesinado a tres hombres en Gotemburgo. Uno de ellos tenía sesenta años y estaba dando un paseo nocturno cerca de un café frecuentado por homosexuales. El crimen tuvo lugar en 1995, pero los culpables no han sido detenidos y procesados hasta este año.Dos neonazis tristemente célebres —Daniel, de veintiséis años, y Peder, de diecinueve— se dedican a una actividad que ha llegado a caracterizar en particular al movimiento nazi de Gotemburgo: han empezado a agredir en forma sistemática a homosexuales —como ellos dicen— a «darles una paliza a los maricones».
La noche del siete de junio de 1995 vieron a Per Skoglund, un artista sexagenario. Estaban en Nya Allén, cerca de Järntorget. A Per Skoglund le quedaban unos pocos minutos de vida. A día de hoy no se ha podido determinar con exactitud cómo se cometió la agresión: Daniel y Peder se echan mutuamente la culpa y sus versiones no coinciden. Daniel dice que Pëder le había dado un bote de gas lacrimógeno para que lo utilizaran contra Skoglund, pero que, como el dispositivo estaba roto, se echó el espray en la cara sin querer. Dice que eso lo cego y le impidió participar en la agresión.
Peder, por su parte, argumenta que el bote funcionó a la perfección, que Daniel atacó con él a Skoglund y que luego siguió dándole golpes y patadas hasta que lo mató. Peder también afirma que intentó detener a Daniel, pero que éste le apartó a empujones y que desde aquel día Peder teme por su vida.
Los resultados de la autopsia hablan una lengua muy clara: «Per Skoglund ha sido objeto de una agresión sumamente grave. Tiene varios huesos rotos, órganos internos dañados y un pulmón reventado como consecuencia de repetidas patadas. Las lesiones que presenta en la cara y cabeza sólo podrían haberse producido si alguien hubiera saltado, repetidas veces y con los pies juntos, sobre ellas.»
Un detalle irónico, aunque poco importante, es que Per Skoglund no era homosexual, como Daniel y Peder pensaban.
LAS PRUEBAS DESAPARECIERON
En el juicio, el tribunal optó por creer a Peder. Por varias razones:
Daniel es un tristemente célebre neonazi y violento agresor con un manifiesto odio hacia los homosexuales. No es la primera vez que se le procesa. En 1990 fue condenado a seis años de cárcel por haber asesinado, en colaboración con otro neonazi, a un homosexual. No llevaba mucho tiempo en libertado cuando volvió a agredir a alguien que él creía homosexual. Por este segundo asesinato contra un homosexual, Daniel fue condenado a ocho años de reclusión penitenciaria. Es cierto que Peder también es un neonazi tristemente célebre y que en su más íntimo círculo de amistades se encuentran, entre otros, dos de los cabezas rapadas que, en 1995, participaron en la agresión que mató a John Hron en Kungälv.*
Pero Peder cuenta con un estatus social considerablemente mejor y ciertas nociones de cómo funcionan los procesos jurídicos. Su padre es uno de los oficiales de policía de más alto rango de Gotemburgo. Al no existir pruebas técnicas, el juicio se convirtió en un juicio de indicios en el que la palabra de uno contradecía la del otro, de modo que sería el mayor grado de credibilidad de uno u otro el que decidiera. Peder salió absuelto del asesinato, pero fue condenado a pagar una multa por haber protegido a Daniel después del crimen.
En la fase final del juicio quedó claro, sin embargo, que sí habían existido unas pruebas técnicas: en el registro domiciliario, la policía confiscó el bote de gas lacrimógeno que se utilizó en el asesinato y de cuyo dispositivo Daniel había dicho que estaba roto. En algún momento del período de tiempo que distó entre la confiscación y el examen técnico, el bote desapareció de la comisaría. La única prueba que podría haber hablado a favor de Daniel se esfumó sin dejar rastro.
TERRORISMO SISTEMÁTICO
A simple vista, el asesinato de Per Skoglund puede verse como la manifestación de una violencia juvenil sin sentido en la que unos libertinos atacan a paseantes nocturnos al azar. Pero eso no es así.
Daniel y Peder forman parte de un reducido círculo de neonazis que están obsesionados con la violencia y que, durante muchos años, se han dedicado a atacar y agredir homosexuales.
Prácticamente todos los homosexuales que, desde la década de los ochenta, han visitado algún club gay en Gotemburgo, pueden contar al menos algún episodio en el que han sido objetos de la violencia o de las amenazas de los neonazis. Los hostigamientos son sistemáticos y la sociedad no ha sabido proteger a los homosexuales. Los informes de los incidentes podrían llenar un considerable número de carpetas, pero muchas veces estas agresiones ni siquiera se denuncian, pues una denuncia implica que el nombre del denunciante se haga públoco, algo que, en estos casos, supondría incitar a continuados hostigamientos.
Además, los homosexuales de Gotemburgo saben que una denuncia policial raramente sirve para algo o que, en el caso de que haya detenciones y sentencias condenatorias, los perpretadores reciben normalmente condenas tan blandas —sentencias condicionadas o multas— que piensan que no vale la pena interponerla.
PRIVADOS DE DERECHOS
«Muchos de nosotros nos sentimos a menudo privados de derechos», dice un homosexual de Gotemburgo con el que Expo ha hablado. Una buena cantidad de insultos y amenazas procede de jóvenes «normales». Pero los nazis son los que han sistematizado los hostigamientos.
Imaginemos por un momento que es otro grupo de la sociedad el que, durante una larga serie de años, ha sido objeto de similares hostigamientos. Pongamos por ejemplo que los neonazis han adquirido la costumbre de atacar a los periodistas, los políticos o los policías. O que tres abogados han sido asesinados por razones ideológicas. Entonces la situación sería otra.» —
*El 17 de agosto de 1995, Hron, de 14 años, fue torturado y asesinado por cuatro neonazis cuando estaba de campamento con un amigo (Nota del editor).
«EL TÚNEL», POR ERNESTO SÁBATO. FRAGMENTO (1948)
«Pasé una noche agitada. No pude dibujar ni pintar, aunque intenté muchas veces empezar algo. Salí a caminar y de pronto me encontré en la calle Corrientes. Me pasaba algo muy extraño: miraba con simpatía a todo el mundo. Creo haber dicho que me he propuesto hacer este relato en forma totalmente imparcial y ahora daré la primera prueba, confesando uno de mis peores defectos: siempre he mirado con antipatía y hasta con asco a la gente, sobre todo a la gente amontonada; nunca he soportado las playas en verano. Algunos hombres, algunas mujeres aisladas me fueron muy queridos, por otros sentí admiración (no soy envidioso), por otros tuve verdadera simpatía; por los chicos siempre tuve ternura y compasión (sobre todo cuando, mediante un esfuerzo mental, trataba de olvidar que al fin serían hombres como los demás); pero, en general, la humanidad me pareció siempre detestable. No tengo inconvenientes en manifestar que a veces me impedía comer en todo el día o me impedía pintar durante una semana el haber observado un rasgo; es increíble hasta qué punto la codicia, la envidia, la petulancia, la grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la condición humana pueden verse en una cara, en una manera de caminar, en una mirada. Me parece natural que después de un encuentro así uno no tenga ganas de comer, de pintar, ni aun de vivir. Sin embargo, quiero hacer constar que no me enorgullezco de esta característica: sé que es una muestra de soberbia y sé, también, que mi alma ha albergado muchas veces la codicia, la petulancia, la avidez y la grosería. Pero he dicho que me propongo narrar esta historia con entera imparcialidad, y así lo haré. Esa noche, pues, mi desprecio por la humanidad parecía abolido o, por lo menos, transitoriamente ausente. Entré en el café Marzotto. Supongo que ustedes saben que la gente va allí a oír tangos, pero a oírlos como un creyente en Dios oye La pasión según San Mateo.» —
«MATAR AL TIRANO», POR OSVALDO BAYER. EN PÁGINA/12, ENERO DE 1993
Hace justo setenta años. Una mañana idéntica a las de este pleno verano de fines de enero. Los porteños del barrio de Palermo no necesitaron despertador: a las 7.15 oyeron atónitos el estallido de una bomba y segundos después, con ritmo matemático, seis balazos consecutivos. A partir de ahi, ese silencio enterminable del miedo ante lo inesperado. Y sí, luego, el estallido incontenibble del terror de todos: gritos, corridas, nerviosos campanilleos de tranvías, bocinazos. Ese día Crítica vendió 800000 ejemplares y la "quinta" se voceó ya al mediodía. Los titulares informaban acerca de lo ocurrido en la calle Fitz Roy casi Santa Fe.
Un escenario propio de tragedia griega. Porque allí había ocurrido algo más que la muerte del teniente coronel Varela a manos del anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens. ¿Acaso ese obrero, ese lavador de coches, había ejercido el derecho del ciudadano de matar al tirano? ¿O era apenas un atentado más de los anarquistas contra un representante del Estado? O el otros aspecto: ¿Había pagado el militar Varela la culpa de los políticos? ¿O había muerto en su ley por aquello de quien a hierro mata hierro muere? En la calle Fitz Roy habían quedado frente a frente dos mentalidades, dos pensamientos, dos posiciones éticas frete a la vida y a la muerte. Varela, uniformado con rigurosidad, mostrando sus oropeles castrenses para diferenciarse del común, bien parador en su corta estatura con actitud de gallo de riña, con su espada al cinto, símbolo de autoridad y represión. Frente a él, el obrero pacifista haciendo uso de las armas que debían ejemplificar el derecho del ciudadano de matar al tirano cuando la sociedad no ha hecho justicia. Sí, el antiguo derecho griego y romano, legislado tambien por el famoso Avicena, filósofo y médico persa del siglo X, que tanta influencia tuvo en la escolástica cristiana. Aquel que estableció no sólo el derecho sino también el deber del ciudadano de salvar a la grey de una naturaleza tiránica. Y por el filósofo y teólogo inglés John de Salisbury, en su Policraticus, cuando propone la "aequitas" como ley ontológica, donde cada "officium" debe cumplir sólo su tarea y no sobrepasar de ella: el que tiene poder sólo debe ser un servidor del bienestar público y esclavo de la equidad.
Cada uno puede ser un tirano en su misión, que destruya o interprete las leyes a su manera. Por eso –sostenía el filósofo– es equitativo y justo ("aequum et iustum") recomponer el equilibrio perdido. "Matar al tirano –agregaba– no sólo está permitido sino que además es equitativo y justo". Eso sí, la muerte del tirano debía ser ejecutada sólo como "última razón". Y el teólogo franciscano Wilhelm von Ockham, cien años después, en su Derecho a la resistencia apelaba al derecho natural y establecía que oponerse al abuso de poder y la resistencia de los tiranos corresponde a un principio irrenunciable de la persona humana.
El teniente coronel Varela, en la Patagonia, había ordenado el fusilamiento de centenares de obreros rurales que habían proclamado la huelga general por mejores condiciones de trabajo. Tales fusilamientos se hicieron sin siquiera los juicios sumarios previos que establece el código militar. Todo esto durante el gobierno constitucional de Yrigoyen. Los radicales han callado hasta ahora si –en 1921– existieron o no órdenes tan drásticas por parte del gobierno. Los militares defenderán a Varela diciendo que Yrigoyen le dio órdenes verbales. En sí, fracasó la democracia. Durante varios meses la opinión pública esperó pacientemente que se esclareciera la matanza de las peonadas. ero todo se acabó cuando la bancada radical, en el Congreso, votó –con la fuerza de la mayoría de los votos– contra la comisión investigadora.
El hecho típico de negar, de tapar la memoria.
Wilkens, el anarquista alemán, esperó pacientemente justicia. Cuando comprobó que todas las denuncias no habían servido de nada, decidió ejercer su derecho de matar al tirano. Lo habia insinuado ya en reuniones obreras de la FORA: "Si sigue viviendo, ese militar va a volver a cometer otra vez los mismos crímenes". Y resuelve hacer el atentado.
Solo y dando la cara.
En la prisión, poco antes de ser asesinado, Wilkens en una carta pública explicará por qué se decidió a ejercer ese drecho de matar al tirano. "No fue venganza –afirma–, yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. Porque la venganza es indigna de un anarquista. El mañana, nuesto mañana, no afirma rencillas ni crímenes ni mentiras; afirma vida, amor, ciencia; trabajemos para apresurar ese día". ¿Quién era este hombre que podía escribir así? He ido a las fuentes. Fui a su pequeña ciudad natal. Ahí pude dar con el último sobrino de él. Los Wilkens fueron siempre de la alta clase media. Todavía está la casa natal. Kurt Gustav hizo su servicio militar en la guarda escogida del Káiser. Conoció el militarismo prusiano en su mismo riñón. Luego de terminar sus estudios de botánica inició lo habitual en aquellos años para los estudiantes alemanes: la "Wanderung", el viaje por el mundo, durante un año. Fue a recorrer Estados Unidos y allí se unió a grupos de suecos, daneses y alemanes que llevaban una vida de bohemia y contacto con la naturaleza. Fue allí donde aprendió las teorías de Tolstoi, que predicaba el evangelio del amor y de la paz, el regreso al cristianismo de los primeros tiempos. Su vida cambiará. Se negará a ir a la Primera Guerra Mundial y despyés de terminada ésta regresará a Alemania, donde renunciará a toda su fortuna, en beneficio de sus hermanos. Sueña con ir a la Patagonia y fundar allí la nueva sociedad antiautoritaria, en el amor mutuo y el equilibrio de la naturaleza.
Pero encontrará la antítesis: un latifundismo medieval y la forma más descarnada de la explotación del hombre por el hombre. De regreso, en Buenos Aires, se enterará de la masacre. Resolverá entonces hacer uso del imperativo de matar al tirano. Seis meses después de su acto, será asesinado en la cárcel, mientras dormía, por un miembro de la Liga Patriótica. Tal vez, la mejor síntesis que hizo la historia de aquellos dos hombres que se enfrentaron hace setenta años en Fitz Roy y Santa Fe es –para Wilkens– ese titular de La Pampa Libre: "Gringo gaucho, hermano Wilkens, reciba el abrazo de los gauchos de La Pampa que lo consideramos un ejemplo de la justicia del pueblo pobre". Y, para Varela, esta lápoda puesta en su tumba: "Los británicos residentes en Santa Cruz a la memoria del teniente coronel Varela, ejemplo de honor y disciplina en el cumplimiento de su deber".
Desde Berlín, Alemania.
«ENCONTRARSE EN LA RADIO», POR FERNANDO PEÑA, EN «A QUE NO TE ANIMÁS A LEER ESTO» (2009)
«Es mi costumbre comentar, en mi programa de radio, hasta las cosas más pequeñas que me suceden. Ése es el encanto de la radio. La radio es que alguien te hable al oído para no escucharte, o sea la gente escucha radio porque el silencio ayuda a escuchar nuestros propios pensamientos. Y pocos queremos escucharlos. La radio es sencilla, es cotidiana, es instantánea y espontánea. La radio es andar en pantuflas por tu casa… porque no se ve y no te ven. La tele produce una sensación más intimidante, es casi como que sentimos el deber de vestirnos de gala.
Un programa de radio es muy diferente a uno de televisión. Un programa de televisión debe empezar arriba, con todo, con los tapones de punta; en cambio un programa de radio se puede dar el lujo de esperar a sus consumidores. El programa de televisión debe estar hiperproducido de antemano, el de radio no necesariamente. El éxito, o por lo menos la garantía de que un programa de radio funcione es justamente lo contrario al de uno de televisión… para que un programa de radio funcione necesita sí o sí naturalidad. La naturalidad se basa en poder hablar de las cosas más pequeñas a doscientas mil o trescientas mil personas, y ahí es donde la radio gana en intimidad. El comentario más ínfimo y más cualunque puede detonar un debate estrepitoso y feroz en la audiencia. Ahora bien, se puede oír la radio de fondo o se puede escuchar atentamente. Y en ese punto se establece la diferencia de quien opina a sabiendas y a conciencia o de quien balbucea tonterías.
Un día en mi programa de radio propuse un tema muy difícil de abordar. La pregunta era: ¿de qué manera matarías a tu hijo? Aclaré que no valía contestar que nunca matarías a tu hijo, era un juego, un juego difícil, pero un juego… y había que jugar. La pregunta detonó incomodidad en los oyentes, hubo muchísima gente que llamó y dejó mensajes horribles. Me puteaban, me condenaban, me maldecían. Me llamaban monstruo por haber propuesto una pregunta de ese tipo. Hubo un grupo que se animó a jugar a hacer de cuenta que y a hacer valer la utopía, lo espantoso… lo casi imposible de pensar. El programa de radio siempre tiene un punto caramelo, un pico de tensión en donde los que hacemos radio sabemos que los oyentes picaron, mordieron y las líneas explotan, y el que no puede comunicarse es capaz de venir a la radio personalmente para expresar su opinión. Es el momento en el cual empiezan a bajar cientos de mails, las líneas no dan abasto. Ahí el conductor sabe que dio en el clavo. Es muy importante en ese momento tan difícil, saber mantener y sostener. Mantuve y sostuve. Me puteaban, todo colapsaba. Daba ocupado. La computadora se enojó. El sistema se cayó. Yo mantenía y sostenía. Fueron 45 o 50 minutos de tensión absoluta, de rabia, de reacción, de despabilarse, de despertarse. Fue como si de pronto la gente hubiese parado la oreja y casi al unísono se preguntaban todos: ¿Pero que dice este bestia? Y yo repetía la pregunta: ¿De que manera matarías a tu hijo?... mantenía y sostenía. La gente se encontraba, se desencontraba, me odiaban, se odiaban… querían poder y no podían. La pregunta era horrible, cruel… inhumana. Si no lo mando a la mierda no soy humano, pensaría la gente… y me mandaban a la mierda segundo a segundo. Yo estaba angustiado y también sabía que tenía al ratón por la cola, sabía que habían mordido, o se habían dejado morder. Es lo mismo, “ladran Sancho”. Los directores artísticos ponían la ñata contra el vidrio y con las cejas arqueadas pedían auxilio. Todo era muy difícil, era pedir demasiado. Me iba a salir mal… había tirado demasiado de la soga.
Pensaba que era mi último día en la radio. Todos me miraban con ojos negros, ojos de cuervos, ojos de incredulidad, ojos de inquisición. Pensé que me iban a quemar como a Juana de Arco. Si… estaba todo perdido, era una pregunta muy fuerte para la Argentina. Nadie sabría seguirme el juego… me echaban… afuera… chau… adiós Peña… jodete por pasarte de vivo… sentía la sangre en el dedo gordo del pie… se acababa mi carrera radial… había sido un soplo… por una pregunta inconveniente, quizás a destiempo.
La línea estaba abierta, contestaba el teléfono al aire sin filtro, me puteaban, se enojaban, se perdían, no sabían qué contestar… se acababa mi carrera radial… y de pronto llegó el oyente que percibía que iba a llegar. "Hola Fernando –dijo ella llorando–, al principio no entendía tu pregunta y te odié, pero el pánico de odiarte tanto a tal punto de no escucharte nunca más en mi vida, hizo que recapacitara y relajara… entonces decidí jugar; yo mataría a mi hijo si tuviera que hacerlo abrazándolo fuerte, fuerte, fuerte, muy fuerte, muy fuerte, muy fuerte, pero muy fuerte. Hasta dejarlo sin respiración y que muriera en mis brazos".» —
«POR QUÉ ESCRIBIR», POR PAUL AUSTER, EN «EL CUADERNO ROJO» (1992)
«Yo tenía catorce años. Era el tercer año seguido que mis padres me enviaban a un campamento de verano en el estado de Nueva York. Allí pasaba la mayor parte del tiempo jugando a baloncesto y a béisbol, pero como era un campamento mixto también había otras actividades: veladas «sociales», los primeros magreos con chicas, incursiones para cazar bragas, las tonterías adolescentes de costumbre. También recuerdo que fumábamos cigarrillos baratos a escondidas, que aprendíamos a doblar la sábana de encima de la cama de tal manera que la víctima, al meterse dentro, quedaba con las piernas atrapadas, y que hacíamos grandes batallas con globos llenos de agua.
Nada de esto es importante. Simplemente quiero subrayar que los catorce años puede ser una edad muy vulnerable. Ya no eres un niño, pero tampoco un adulto, y vas rebotando entre lo que eres y lo que estás a punto de ser. En mi caso, aún era lo bastante joven para pensar que tenía posibilidades de llegar a jugar en la liga profesional, pero lo bastante mayor para cuestionar la existencia de Dios. Había leído el Manifiesto comunista, aunque aún me gustaba ver los dibujos animados del sábado por la mañana. Cada vez que veía mi cara en el espejo, me parecía estar viendo a otra persona.
En mi grupo había dieciséis o dieciocho chicos. Casi todos llevábamos juntos varios años, pero aquel verano se nos habían unido algunos recién llegados. Uno se llamaba Ralph. Era un chico tranquilo, que no demostraba mucho entusiasmo por hacer regates con la pelota de baloncesto ni practicar lanzamientos con la de béisbol, y aunque no es que nadie se las hiciera pasar canutas, le costaba un poco integrarse. Aquel año había suspendido un par de asignaturas, y casi todo el tiempo que tenía libre lo pasaba tomando clases particulares con uno de los monitores. Era una pena, y a mí me daba un poco de lástima, pero tampoco demasiada, no la suficiente como para hacerme perder el sueño.
Los monitores eran todos estudiantes de la Universidad de Nueva York, y originarios de Brooklyn y Queens. Chicos ocurrentes que jugaban al baloncesto y que en el futuro serían dentistas, contables y maestros; chavales de ciudad hasta la médula. La parafernalia de lo que es un campamento de verano tradicional les era tan ajena como la I.R.T. (Compañía de Metro y Ferrocarriles elevados de Nueva York) para un granjero de Iowa. Las canoas, los acolladores, el escalar montañas, montar tiendas de campaña, cantar alrededor de un fuego de campamento, eran cosas que no se hallaban entre el inventario de sus intereses. Eran capaces de instruirnos en cómo hacer un bloqueo o luchar por un rebote, pero por lo demás se dedicaban a alborotar y a contar chistes.
Imagínense nuestra sorpresa, entonces, cuando, una tarde, nuestro monitor anunció que íbamos a dar un paseo por el bosque. Le había venido esa inspiración, y no iba a permitir que nadie le hiciera cambiar de idea. Ya está bien de baloncesto, dijo. Estamos en plena naturaleza, y ya va siendo hora de que la aprovechemos y demostremos que sabemos ir de acampada... o algo parecido. Y así, después del período de descanso que seguía al almuerzo, todo el grupo de dieciséis o dieciocho muchachos, junto con dos o tres monitores, puso rumbo al bosque.
Era finales de julio de 1961. Recuerdo que todos estábamos bastante animados, y después de caminar una media hora casi todo el mundo estaba de acuerdo en que aquella excursión había sido una buena idea. Nadie llevaba brújula, por supuesto, ni tenía la más remota idea de adónde nos dirigíamos, pero lo estábamos pasando en grande, y si acabábamos perdiéndonos, ¿qué más daba? Tarde o temprano encontraríamos el camino de vuelta.
Entonces se puso a llover. Al principio casi ni nos dimos cuenta, apenas cuatro gotas entre las hojas y las ramas, nada preocupante. Seguimos caminando, pues no íbamos a permitir que una llovizna insignificante nos estropeara la diversión, pero al cabo de pocos minutos comenzó a caer un buen chaparrón. Todos acabamos empapados, y los monitores decidieron dar media vuelta y regresar. El único problema era que nadie sabía dónde estaba el campamento. El bosque era espeso, poblado de racimos de árboles y arbustos espinosos, y habíamos caminado sin rumbo, cambiando bruscamente de dirección siempre que aparecía algún obstáculo en el camino. Y, para colmo, la visibilidad era cada vez menor. Primero porque el bosque era oscuro, y luego por la lluvia que caía y por lo negro que estaba el cielo: parecía que fuera de noche, y no las tres o las cuatro de la tarde.
Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. La tormenta estaba justo encima de nosotros, y resultó ser una tormenta de verano de padre y muy señor mío. Jamás había visto ni he vuelto a ver nada semejante. La lluvia caía con tanta fuerza que hacía daño; cada vez que retumbaba un trueno, sentías el ruido vibrando en tu propio cuerpo. Inmediatamente después venía el rayo, y uno tras otro caían a nuestro alrededor como lanzas. Era como si las armas se materializaran de la nada: un súbito resplandor que lo volvía todo de un vivo blanco espectral. Alcanzaron algunos árboles, y las ramas comenzaron a prender. Todo se oscurecía por un instante, a continuación se oía otro estrépito en el cielo, y el rayo regresaba por un lugar diferente.
Naturalmente, lo que nos asustaba eran los rayos. Habría sido de estúpidos no tener miedo, y, presa del pánico, intentábamos huir de ellos. Pero la tormenta cubría una gran extensión, y allí donde íbamos sólo encontrábamos más rayos. Era una huida en desbandada, una carrera en círculos. Entonces, de pronto, alguien divisó un claro en el bosque. Se inició una breve disputa acerca de si era más seguro permanecer en un espacio abierto o seguir bajo los árboles. Ganaron los que estaban a favor del claro, y hacia allí corrimos.
Era un pequeño prado, probablemente un pastizal perteneciente a algún granjero de la zona, y para llegar tuvimos que arrastramos bajo una alambrada. Uno a uno, nos pusimos barriga abajo y reptamos lentamente. Yo estaba en mitad de la línea, justo detrás de Ralph. En el momento en que él pasaba por debajo de la alambrada, hubo otro destello. Yo me hallaba a menos de un metro de él, pero como la lluvia me azotaba los párpados, casi no veía lo que pasaba. Lo único que vi fue que Ralph había dejado de moverse. Me imaginé que había quedado aturdido, de modo que le adelanté. En cuanto estuve al otro lado, le agarré del brazo y le arrastré.
No sé cuánto permanecimos en aquel campo. Imagino que una hora, y ni la lluvia, ni los truenos ni los relámpagos cesaron un momento. Parecía una tormenta sacada de las páginas de la Biblia, y seguía y seguía, como si jamás fuera a acabar.
Dos o tres chicos estaban heridos —quizá les tocó un rayo, quizá simplemente fue el impacto del rayo al dar en la tierra junto a ellos—, y el prado comenzó a llenarse de lamentos. Otros chicos lloraban y rezaban. Y otros, con miedo en la voz, procuraban dar consejos sensatos. Desembarazaos de todo lo que sea metálico, decían, el metal atrae el rayo. Todos nos sacamos el cinturón y lo arrojamos bien lejos.
No recuerdo haber abierto la boca. No recuerdo haber llorado. Otro chico y yo intentábamos cuidar de Ralph. Seguía inconsciente. Le frotamos los brazos y las manos, le sujetamos la lengua para que no se la tragara, le dijimos palabras de ánimo. Al cabo de un rato, su piel comenzó a adquirir un tinte azul. El cuerpo estaba frío, pero a pesar de la acumulación de detalles ni se me ocurrió pensar que ya no volvería a levantarse. Yo sólo tenía catorce años, después de todo, ¿y qué sabía? Jamás había visto un muerto.
Supongo que la culpa fue de la alambrada. Los otros chicos heridos por el rayo estaban como atontados, sintieron dolor en las extremidades durante una hora más o menos, y luego se recuperaron. Pero Ralph estaba bajo la alambrada cuando cayó el rayo, y quedó electrocutado en el acto.
Más tarde, cuando me dijeron que había muerto, me enteré de que tenía una quemadura de veinte centímetros en la espalda. Recuerdo que intenté asimilar esa noticia, y que me dije que la vida, para mí, nunca volvería a ser lo mismo. Y por extraño que parezca, ni se me ocurrió pensar en lo cerca que estaba de él cuando pasó aquello. No pensé: Uno o dos segundos después, y me habría tocado a mí. Lo único que recordaba era que le había sujetado la lengua y le había mirado los dientes. La boca le formaba una leve mueca, y tenía los labios un tanto separados: yo me había pasado una hora mirándole la punta de los dientes. Treinta y cuatro años después, aún los recuerdo. y sus ojos medio cerrados, medio abiertos. También los recuerdo.» —
«CUADERNOS DE LANZAROTE I», POR JOSÉ SARAMAGO (1997)
«Que se privatice Machu Picchu, que se privatice Chan Chan, que se privatice la Capilla Sixtina, que se privatice el Partenón, que se privatice Nuno Gonçalves, que se privatice la catedral de Chartres, que se privatice el Descendimiento de la cruz de Antonio da Crestalcore, que se privatice el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, que se privatice la cordillera de los Andes, que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire, que se privatice la justicia y la ley, que se privatice la nube que pasa, que se privatice el sueño, sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos. Y, finalmente, para florón y remate de tanto privatizar, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo… Y, metidos en esto, que se privatice también a la puta que los parió a todos.» —
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