«En lo que va de década, el movimiento neonazi ha asesinado a tres hombres en Gotemburgo. Uno de ellos tenía sesenta años y estaba dando un paseo nocturno cerca de un café frecuentado por homosexuales. El crimen tuvo lugar en 1995, pero los culpables no han sido detenidos y procesados hasta este año.Dos neonazis tristemente célebres —Daniel, de veintiséis años, y Peder, de diecinueve— se dedican a una actividad que ha llegado a caracterizar en particular al movimiento nazi de Gotemburgo: han empezado a agredir en forma sistemática a homosexuales —como ellos dicen— a «darles una paliza a los maricones».
La noche del siete de junio de 1995 vieron a Per Skoglund, un artista sexagenario. Estaban en Nya Allén, cerca de Järntorget. A Per Skoglund le quedaban unos pocos minutos de vida. A día de hoy no se ha podido determinar con exactitud cómo se cometió la agresión: Daniel y Peder se echan mutuamente la culpa y sus versiones no coinciden. Daniel dice que Pëder le había dado un bote de gas lacrimógeno para que lo utilizaran contra Skoglund, pero que, como el dispositivo estaba roto, se echó el espray en la cara sin querer. Dice que eso lo cego y le impidió participar en la agresión.
Peder, por su parte, argumenta que el bote funcionó a la perfección, que Daniel atacó con él a Skoglund y que luego siguió dándole golpes y patadas hasta que lo mató. Peder también afirma que intentó detener a Daniel, pero que éste le apartó a empujones y que desde aquel día Peder teme por su vida.
Los resultados de la autopsia hablan una lengua muy clara: «Per Skoglund ha sido objeto de una agresión sumamente grave. Tiene varios huesos rotos, órganos internos dañados y un pulmón reventado como consecuencia de repetidas patadas. Las lesiones que presenta en la cara y cabeza sólo podrían haberse producido si alguien hubiera saltado, repetidas veces y con los pies juntos, sobre ellas.»
Un detalle irónico, aunque poco importante, es que Per Skoglund no era homosexual, como Daniel y Peder pensaban.
LAS PRUEBAS DESAPARECIERON
En el juicio, el tribunal optó por creer a Peder. Por varias razones:
Daniel es un tristemente célebre neonazi y violento agresor con un manifiesto odio hacia los homosexuales. No es la primera vez que se le procesa. En 1990 fue condenado a seis años de cárcel por haber asesinado, en colaboración con otro neonazi, a un homosexual. No llevaba mucho tiempo en libertado cuando volvió a agredir a alguien que él creía homosexual. Por este segundo asesinato contra un homosexual, Daniel fue condenado a ocho años de reclusión penitenciaria. Es cierto que Peder también es un neonazi tristemente célebre y que en su más íntimo círculo de amistades se encuentran, entre otros, dos de los cabezas rapadas que, en 1995, participaron en la agresión que mató a John Hron en Kungälv.*
Pero Peder cuenta con un estatus social considerablemente mejor y ciertas nociones de cómo funcionan los procesos jurídicos. Su padre es uno de los oficiales de policía de más alto rango de Gotemburgo. Al no existir pruebas técnicas, el juicio se convirtió en un juicio de indicios en el que la palabra de uno contradecía la del otro, de modo que sería el mayor grado de credibilidad de uno u otro el que decidiera. Peder salió absuelto del asesinato, pero fue condenado a pagar una multa por haber protegido a Daniel después del crimen.
En la fase final del juicio quedó claro, sin embargo, que sí habían existido unas pruebas técnicas: en el registro domiciliario, la policía confiscó el bote de gas lacrimógeno que se utilizó en el asesinato y de cuyo dispositivo Daniel había dicho que estaba roto. En algún momento del período de tiempo que distó entre la confiscación y el examen técnico, el bote desapareció de la comisaría. La única prueba que podría haber hablado a favor de Daniel se esfumó sin dejar rastro.
TERRORISMO SISTEMÁTICO
A simple vista, el asesinato de Per Skoglund puede verse como la manifestación de una violencia juvenil sin sentido en la que unos libertinos atacan a paseantes nocturnos al azar. Pero eso no es así.
Daniel y Peder forman parte de un reducido círculo de neonazis que están obsesionados con la violencia y que, durante muchos años, se han dedicado a atacar y agredir homosexuales.
Prácticamente todos los homosexuales que, desde la década de los ochenta, han visitado algún club gay en Gotemburgo, pueden contar al menos algún episodio en el que han sido objetos de la violencia o de las amenazas de los neonazis. Los hostigamientos son sistemáticos y la sociedad no ha sabido proteger a los homosexuales. Los informes de los incidentes podrían llenar un considerable número de carpetas, pero muchas veces estas agresiones ni siquiera se denuncian, pues una denuncia implica que el nombre del denunciante se haga públoco, algo que, en estos casos, supondría incitar a continuados hostigamientos.
Además, los homosexuales de Gotemburgo saben que una denuncia policial raramente sirve para algo o que, en el caso de que haya detenciones y sentencias condenatorias, los perpretadores reciben normalmente condenas tan blandas —sentencias condicionadas o multas— que piensan que no vale la pena interponerla.
PRIVADOS DE DERECHOS
«Muchos de nosotros nos sentimos a menudo privados de derechos», dice un homosexual de Gotemburgo con el que Expo ha hablado. Una buena cantidad de insultos y amenazas procede de jóvenes «normales». Pero los nazis son los que han sistematizado los hostigamientos.
Imaginemos por un momento que es otro grupo de la sociedad el que, durante una larga serie de años, ha sido objeto de similares hostigamientos. Pongamos por ejemplo que los neonazis han adquirido la costumbre de atacar a los periodistas, los políticos o los policías. O que tres abogados han sido asesinados por razones ideológicas. Entonces la situación sería otra.» —
*El 17 de agosto de 1995, Hron, de 14 años, fue torturado y asesinado por cuatro neonazis cuando estaba de campamento con un amigo (Nota del editor).